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jueves, 21 de mayo de 2015

Yamba Perrita Valiente



En una tarde serena, encontré algo inesperado,
una comarca de pulgas que al verme movió su rabo.
Sigilosa me acerqué y unas pupilas pequeñas
hipnóticas me dijeron: yo quiero que seas mi dueña.
 La tomé por las orejas, pensé que era un gran ratón,
la sumergí en un estanque con agua y mucho jabón.
 Y al escuchar su ladrido,  sorprendida me enteré
que su dialecto proviene de la etnia Nove Bugle.
Yamba le puse por nombre a la indigente perrita
que encontré envuelta en rastrojos,
la que ladra en otro idioma
y era una comarca andante de sarna, pulgas y piojos.
Su padre fue un gran guerrero y cazador talentoso de zutos, ratas y ardillas.
 Ciego, flaco, con lombrices, con una muela  y dos dientes,
perdió su vida el valiente, en la encarnizada riña, con una feroz serpiente.
 Yamba suele defenderse con su colita de flecha,
con ella espanta a los grillos y a los bichos que la acechan.
Y pintada hay en su frente, una hermosa pluma blanca
que es el emblema ancestral
de las princesas caninas en su aguerrida comarca.
Temprano en la madrugada, con Yamba yo caminaba
 y en lo alto de la montaña, un mágico libro abierto, por nosotras esperaba.
Tigres, canguros, serpientes…el demonio de Tasmania,
murciélagos, escorpiones y gigantescas arañas
emergían de aquel libro, haciéndonos musarañas.
Un presuntuoso quetzal, nos invitó a entrar con el
y hasta su última página, aquel libro recorrer.
 Ruidos ensordecedores nos hacían temblar de espanto,
dragones enardecidos y temerosos lagartos.
Y siguiendo nuestros pasos
nos acecha una familia de dinosaurios sin dientes,
ellos nunca imaginaron que mi pequeña perrita es arriesgada y valiente.
Colita pluma de flecha, como una fiera atacó
y en un instante hizo añicos, al dinosaurio mayor.
Su majestad “el León” al enterarse llegó con rugidos estridentes
a presentar sus respetos a la princesa canina
por haber vencido sola, con su colita de flecha al dinosaurio sin dientes.
 Al escuchar los rugidos y presenciar los colmillos de aquel león imponente,
Yamba despierta asustada, aúlla desesperada,
 viene y se orina en mi almohada.
 Llora  en su nativo idioma de la etnia Nove Bugle
y cuando oí sus lamentos, también yo me desperté.
No dudo que Yamba es una perrita valiente,
aunque solo en pesadilla, fue como logró vencer
mi consentida mascota, a un dinosaurio sin dientes.

Marta Lilian Molano L
Mayo 13 de 2015
inscripción en el Registro Nacional de Derecho de Autor, número:1-2015-38144


jueves, 9 de abril de 2015

Freya La Gata Espigada



(Dedicada a Nicole Santamaría O. y a su gatita Freya)

Freya, la gata espigada, blanca como el algodón
la que en Facebook ya es famosa, por sus ojos bicolor,
la consentida gatuna, sin que Nicole lo supiera
se fugó una madrugada, rumbo hacia una ratonera.
Mamá ratita temblando abrazó a sus ratoncitos
-No comas a mis pequeños, por favor, te lo suplico.
Freya es dulce, tierna, hermosa, como su dueña Nicole
ante este ruego con llanto, se le partió el corazón
y desde ese mismo instante creó una gran Fundación
Pro-ratoncitos y ratas,
ella los lleva a su casa y les brinda protección.
Hoy Freya me ha visitado y entre maullidos nerviosos
me confesó suspirando, que de esta heroica acción
No sabe nada Nicole.

Marta Lilian Molano L.
Marzo 31 de 2015

Registro Nacional de Derecho de Autor  número:1-2015-25443




Floripondio

 

Tus raíces cimentadas en la luna, se proyectan en mi entorno
y a través de la ventana, tus níveas flores sollozan, como novias agobiadas…
Sublimes lágrimas blancas que destilan el aroma primoroso
de los bosques majestuosos.
Suave y ancestral perfume de los elfos y las ninfas
que navegan en la brisa.
Floripondio:
Con  tu aroma indescriptible me cobijas
quien pudiera en ese beso , como halcón alzar el vuelo
llevando tus flores blancas  hasta el trono del Creador
y mezclar tu aroma excelso en el cáliz de mis besos
Como una ofrenda de amor.

Marta Lilián Molano L.
Abril 1 de 2015


Registro Derecho de Autor Número    1-2015-25441

miércoles, 11 de marzo de 2015

La Hoja Triste



Allá en el caminito, cerca del cafetal
una hoja de otoe, lloraba sin cesar.
Consternada la brisa, se detuvo al pasar
-¿Porqué si eres tan bella, no dejas de llorar?
¿Tan grande es tu tristeza, tan hondo tu pesar?
-En mi, no encuentro gracia, realmente ese es mi mal
yo añoro los colores de un hermoso rosal, 
o el rubor primoroso de los granos maduros que hay en el cafetal.
-¿No aprecias las caricias que te ofrezco al pasar?
¿Ni la risa de niños, o el canto de las aves,
o el delicioso otoe que tus raíces dan?
-En mi, no encuentro gracia, realmente ese es mi mal.
Escuché sus palabras y concluí al oír,
que aquella hoja tan triste, prefería morir.
La corté por el cuello y maquillé su faz con colores tan bellos
que el colibrí y la brisa, llegan a mi ventana,
extasiados la miran, suspiran y se van.
Hoy feliz muy temprano, me fui hacia el cafetal, 
al verme, huyó la brisa y el colibrí travieso se escondió en su nidito
presumiendo inocencia y absoluta prudencia
-¡Fue la brisa chismosa¡ Dijo así nada mas. 
Allá en el caminito, cerca del cafetal
un lamento infinito, me esperaba al pasar
muchas hojas de otoe envidiosas están, 
lloran, gimen, protestan, dicen que son muy feas
y ante aquella tragedia quieren ser voluntarias
y servir como lienzo para que yo me inspire
y con bellos colores, pinte su triste faz. 
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Tengo una hoja de otoe, presuntuosa, pero hermosa, 
ella prefirió morir, procurando ser famosa. 


Marta Lilian Molano L.
Marzo 3 de 2015
                                                                                                                                                                                                      

Registro Nacional de Derecho de Autor número:1-2015-17835



Pintura acrílica elaborada en fibra natural de tallo de plátano. 

lunes, 24 de febrero de 2014

El Canto del Grillo Enamorado


Un grillo está entonando  su mejor melodía, entre uno y otro brinco, no para de cantar.  Por la importancia del acontecimiento, hoy ha vestido sus selectas prendas;  vistió un esmoquin de elegante cola, camisa blanca de satín muy fino y el corbatín de seda  color rojo, que siempre buena suerte le ha traído.

Señor grillo elegante, le pregunta un rosa:
¿Porqué percibo hoy en su canto chillón,
un aleteo muy bello, como de mariposas
¿Será un poema en rima que le canta a una diosa?
¡O acaso hay un motivo que usted, contar no quiera!

¿Será que hoy en su alma nació la primavera,
o llegó la esperanza con aires de quimera
en el trino precioso que escuchó de un gorrión?

El grillo pensativo no sabe que decir,
entre uno y otro salto su corazón se agita, no para de latir…
Se oculta entre las flores, le habla a un ruiseñor
y esquiva muy prudente los rayitos dorados
que le tiende jugando, el refulgente sol.

-Señor Grillo Elegante ¿porque no me responde?
Su escuchar se ha marchado ¡Y Dios sabe hasta donde!
se ha quedado rendido ante una hermosa flor,
“la bella flor de loto”, le robó el corazón.

-Desde hace mucho tiempo, cuando el sapo llorón
vivía en su inmensa hoja, yo miraba a la flor
me enamoró su encanto y su hermoso color
sus pétalos preciosos y su exquisito olor

Así ante todo ellos el grillo confesó
que hace ya mucho tiempo, el contempla a la flor,
en las noches de luna, mil veces le cantó,
mas por temor al sapo, nunca se le acercó.

                        Ante aquel sentimiento de amor, todos han quedado estupefactos, ¡Quien hubiera imaginado que el esbelto grillo  estuviera así  perdidamente enamorado!

Marta Lilián Molano L
(Fragmento de mi libro titulado Bebé Adrih Sueña)


viernes, 24 de enero de 2014

Besos de Amapola


Oculto entre mi alma, un niño gime,
sobre níveos pétalos se acuna,
juguetea entre los hilos de mis sueños
y con mi anhelo maternal se arrulla.

Paciente espera el hálito Divino
que ha de ofrecerle el Hacedor Supremo,
saborear aquel néctar que destila
cual dulce manantial desde mi pecho.

Irrumpe cada noche entre mis sueños
brindándome sus besos de amapola,
juntos hacemos castillos de arena,
que se esfuman viajando entre las olas.

Oculto entre mi alma un niño gime...
capullo concebido aún no en mi vientre,
sonríe dulcemente y va buscando
oculta entre mi sangre, su simiente.

                                        Marta Lilian Molano L

lunes, 2 de diciembre de 2013

Tres Flores Blancas en el Muladar

(En homenaje a la flor silvestre, que una vez fue niña)


      Mientras la luz del mediodía descansa sobre las ramas de los abetos,  en la pendiente se escuchan pasos vacilantes y lentos, como si la persona que recorriendo está el difícil trecho, llevara a cuestas una pesada carga que le agobia.
Aunque el camino ya casi concluye y se aprecia muy cerca la pequeña casucha, para la joven de mirada triste es el sendero más largo y difícil que alguna vez pensara recorrer.
El silencio reinante se rompe por momentos entre el rítmico trino de algún pájaro.  La maloliente atmósfera de aquel lugar podía percibirse en el ambiente, varias huellas marcadas a la entrada del rancho y un olor penetrante a cigarro y licor.  ¡Sus captores, al fin se habían marchado!.

Daniela fatigada, muy débil, abrió la puerta de la humilde habitación, tiró la gorra lejos dejando en libertad su cabello castaño ensortijado y se quitó las botas militares.  Sus pies estaban enrojecidos y con muchas ampollas; respiró profundamente y miró la fecha en el almanaque que estaba suspendido en la pared,  hoy cumplía dieciséis años.  Tomó el pequeño álbum de fotos familiares que había en su mochila tirada en un rincón y  al mirar en las páginas amarillentas, dos caritas sonrientes la hicieron pensar en su pasado.

Cerró los ojos por un breve instante y un rictus de amargura se dibujó en sus labios que todavía parecían de niña.  Los recuerdos de la infancia acudían a su memoria, como un desfile de fantasmas mudos, que danzaban grotescos y burlones, tomados de la mano bajo la tenue luz de una lámpara de kerosene y luego huían despavoridos entre cortinas de humo, ahuyentados por risas infantiles y cantos de gorriones que plasmaron sus notas melodiosas, en la sonrisa cálida de la abuela Isabel.
La brisa calurosa que se filtró entre las grietas de la pared dañada, trajo del muladar cercano un olor añejo a madera podrida, a cigarros y a tufo.
       El delicado roce de la cola de Peggi, su consentida gata parda, ronroneando  feliz, sobándose  en sus piernas, la hizo volver a la realidad. Tiro el álbum de fotos sobre la mochila­, mirándose al espejo levantó su camisa camuflada y con las manos temblorosas frías, contemplando su vientre levemente abultado, dibujó en el,  un corazón pequeño como si pretendiera  que la frágil criatura que estaba en gestación, lo mirara y sonriera.
Daniela era delgada y su vientre tan pálido y tan suave, como los blancos pétales de una rosa escarchada de rocío.
Con agua fría, quiso borrar el rastro de sus lágrimas  y luego de servir un poco de alimento en la vasija de Peggi, se tendió en el destartalado catre, colocó la almohada sobre sus ojos y  nostálgicamente contempló sus recuerdos.

       -“No me agrada que me peines de trenzas”- Le decía Mariana su hermana menor, pero  al mirar a través del espejo los gestos ocurrentes y graciosos que ésta le hacía, no le quedaba otra alternativa que reírse a carcajadas y olvidarse al menos por un lapso de tiempo, de su cabello estrictamente peinado.  Siempre era igual, como un fiel ritual cada mañana, cuando se disponían a ir a la escuela; pero a la hora de recreo Daniela tenía que resignarse cuando veía de lejos  a Mariana, correr como un potrillo salvaje con su melena alborotada al viento.
La escuela quedaba en un pueblo cercano a la finca en donde residían. Había un camino corto, definido por bellos cocoteros plantados frente a frente, que abanicaban sus hojas bajo la suave brisa y todos se veían uniformados con los troncos pintados de blanco a la misma altura de un metro.
Aquella pequeña vereda era como un paraíso, el refugio ideal donde acudían pájaros arroceros, azulejos y periquitos de pico amarillo.
La entrada al plantel estaba enmarcada por amplios corredores de baldosas antiguas, limpias y relucientes, decorados con macetas colgadas de orquídeas y helechos majestuosos que inclinaban sus hojas delicadas y esbeltas, hasta los barandales, como haciendo una venia de amistoso saludo a todos los alumnos que alegres conversaban, dirigiéndose en fila hacia los salones.

       Ante sus ojos, nublados y tristes vio la mirada fría y prepotente de la rectora, con la nariz rojiza respingona y gesto autoritario militar, parada muy erguida frente al estandarte tricolor, entonando orgullosa, con la mano en el pecho, las extensas estrofas del himno nacional.
       La maestra Paulina…ese era su nombre; la autoridad estricta, a quien todos con fervor respetaban: “Los docentes, el cura, los padres de familia, el boticario y hasta el jardinero”.  Ella era inconmovible, rígida, aunque  tenía también su lado vulnerable y por cierto, en el pueblo y regiones aledañas ya todos lo sabían.  Por alguna razón dice el adagio de que “En pueblo chiquito, infierno grande”.
El secreto de la maestra Paulina quedó expuesto frente a una gran parte de sus alumnos (por no decir de todos ellos) cuando en cierta ocasión provocó un ataque de histeria colectiva: Ante la tímida aparición de un pequeño ratoncillo que asomó sus barbitas temblorosas por el cajón entreabierto de su escritorio, la maestra gritó con agudos chillidos que se escucharon en todo el plantel.  El zapateo convulsivo de la rectora alertó a todos los estudiantes de su clase, entonces se formó la algarabía, el patatús y el pánico; pero al descubrir el motivo verdadero de todo este alboroto, surgieron estruendosas carcajadas  entre los alumnos.
       El domingo siguiente después de aquel suceso, la maestra un poco abochornada comprobó que todo el pueblo ya estaba enterado, cuando al llegar a la iglesia y dirigirse al señor cura, el hizo un gran intento en controlar su risa y antes de empezar la ceremonia, las personas que allí estaban presentes, cuchicheaban entre ellas y reían.

       Del lunes hasta el viernes para Mariana y Daniela el día  comenzaba a las seis de la mañana, cuando sentían el aroma a café fresco y el canto matutino de la abuela Isabel, era como el preludio de armonía familiar, la caricia intangible pero segura que se manifiesta en pequeños detalles y hasta se percibía en las nubes de humo que llenaban la cocina, cuando encendía el fogón de leña.
       Simón, el padre de Daniela y Mariana, era un labrador dedicado y en constante comunión con la naturaleza.  La mayor satisfacción que reflejaba  su mirada coincidía con el tiempo de la cosecha, entonces su semblante irradiaba felicidad, como si juntamente con las pinceladas de bellos colores y olores cítricos y dulces que aromatizaban su entorno y mudaban el aspecto del campo, también se transformara su hombre interior renovando su vida.  Aunque a decir verdad, su padre pocas veces sonreía.  Debió ser muy difícil para  el, después de luchar contra la furia indomable del creciente río, fallar en el intento de rescatar a su esposa.

       ¡Qué lejanas se muestran ahora aquellas vivencias! El recuerdo de su madre Lucia, parece emerger de entre las páginas de un bello cuento de hadas.  Sus grandes ojos negros se quedaron por siempre en su memoria, igual a los luceros que resplandecen profundos y enigmáticos en las noches de luna llena. En aquel tiempo Daniela  veía todo desde otra perspectiva, con la mirada de una niña tierna, inocente, feliz. ¡Pero era tan grato verlos juntos! Para entonces su mayor anhelo consistía en cumplir quince años.  Ahora daría todo porque el tiempo se hubiera detenido.  ¡Como duele crecer! Pensaba muchas veces, pero el crecer, también tiene sus beneficios.  Así es la vida, indescriptiblemente extraña, injusta y bella, aunque a veces laceran las heridas.

       ¿Será posible que nuestro ser interno se logre transformar y embellecer con el dolor que causan las vivencias amargas, así como en las ostras, la herida se transforma en una hermosa perla?  “El color de las cosas, depende del cristal con que se miren” (reza una corta pero sabia frase).  Si las hondas heridas embellecen, en las frías entrañas de mi patria, entre surcos inmensos de violencia y tristeza, matizadas del ocre de la tierra, yacen ocultas muchas perlas negras…esqueletos anónimos de niños, de mujeres y ancianos, de valientes soldados, humildes campesinos, de guerrilleros y de hombres letrados.
¡Como duele crecer! Y en mi sangrante patria ¡Como duele ser niño! Ser huérfano, ser viuda o desplazado y sentirse como una ínfima hormiga ante el Goliat infame de la prepotencia.
       En su niñez temprana, Daniela nunca imaginó que fuera de su ámbito familiar, efervescia  un mundo de violencia.
Cuando miraba atenta los ojos de su padre, ella jamás vio en ellos un vestigio de odio, aunque después de la muerte de su madre, llegó a comprender la frustración y enojo que lo convirtió en un hombre diferente que buscaba en sus largas jornadas de trabajo, olvidar un poco su tragedia.  Algunas veces papá era un tanto huraño, pero esto no le convertía en un mal padre.  Las pequeñas estaban plenamente seguras del amor que él les profesaba.  En ocasiones papá solía llamarlas “Mis Flores Blancas” y es que la candidez de sus rostros serenos e inocentes, realmente le conmovía.  Aunque distaba mucho de ser un hombre intelectual, el poseía una belleza interna inextinguible.
Sin atreverse a expresarlo con palabras, ella pensaba que su padre había envejecido prematuramente. Aunque aún era un hombre joven cuando aquello sucedió, a partir de ese momento se vislumbraba sobre sus hombros el peso de toda una vida.  Experiencias que dejaron una dolorosa huella en su alma, cincelando heridas muy profundas.

       Entre la austera soledad del cuarto, Daniela no dejaba de pensar: ¡Si estuviera Mariana, todo sería distinto! Ella tenía la magia, el toque angelical de transformar los momentos sencillos cotidianos, en experiencias gratas. 
Si estuviera Mariana, con sus catorce años apenas por cumplir, ella sería su fuerza, la razón más valiosa para hacer frente a la adversidad y al temor que le causaba su actual condición.
       Los inquietos pensamientos invadían su mente, como trémulos pajarillos asustados, que no logran encontrar un refugio seguro.
Una y otra vez veía entre sus sueños el rostro inolvidable de su hermana, los hoyuelos pequeños definiendo con gracia el candor de su risa y su cabello despeinado al viento enredado en las hojas de los árboles, cuando subía en sus ramas para alcanzar los mangos amarillos y curiosear de cerca, los nidos solitarios.
La tímida sonrisa dibujada en el pálido rostro de la niña mujer, que tiritaba con escalofrío tendida boca arriba sobre el vetusto catre, más que sonrisa, parecía una mueca, un gesto de dolor perdido en el silencio, sin más testigo cerca, que Peggi, la consentida gata parda que tierna ronroneaba recostada a sus pies.
Pensó en un episodio que nunca olvidaría, la experiencia de su primera menstruación, cuando Mariana descubrió la sábana manchada y asustada corrió hasta la cocina en busca de la abuela.  Todavía recuerda las pócimas calientes de menta y de canela que ella le preparó y el cataplasma tibio de laúdano alcoholado que colocó en su vientre.
       Si estuviera Mariana, seguro haría una broma al recordar y sin duda a sus pies, estaría ella en vez de Peggi, brindándole una frase de alivio y esperanza, haciendo camisitas, gorras y calcetines de sus enaguas viejas y buscándole un nombre gracioso y ocurrente al futuro bebé.
     
 Dos años han pasado, tan lentos y sombríos, que quisiera arrancar de su memoria todos esos recuerdos, con la facilidad que se desprenden las hojas desteñidas del almanaque de su habitación.
       En aquel tiempo, todos en la región estaban preocupados por el calor intenso y cuando a torrenciales la lluvia desgajaba extensos platanales y el río embravecido inundaba las viviendas paupérrimas, el calor no cesaba, a los estragos de la fuerte lluvia se sumaban las nubes de mosquitos insaciables de sangre y las salamandras sagaces y escurridizas, se ocultaban debajo de las almohadas para dormir tranquilas, arrulladas por el goteo constante que provenía del techo de las húmedas casas, emitiendo su lúgubre sonido al caer entre las ollas viejas de aluminio esparcidas por el suelo.
       Así fue aquel anochecer sombrío de hace dos años atrás.  Daniela cumplía catorce años, la abuela y su padre bromeaban bajo la mirada suspicaz de la pequeña Mariana, mientras en la cocina, iluminados por la tenue luz de una lámpara de kerosene, todos se disponían a degustar el platillo especial que para ésta ocasión con esmero y amor la abuela había preparado. Abruptamente cinco hombres armados, con ropas camufladas y el rostro cubierto, irrumpieron en el lugar.  Todo pasó muy rápido; podría decirse que en cuestión de segundos, sus vidas tomaron un rumbo diferente.   El que parecía ser el líder, entre malévolas carcajadas dirigiéndose a los otros, dijo: -Tenemos carne fresca… ¡Justo lo que necesitamos!.
              Daniela y su hermana fueron obligadas a unirse a ellos.  Mariana corrió
tratando de escapar, cuando fue alcanzada por las mortales balas que acabaron con su vida. Acto seguido los hombres regaron combustible y tomando la pequeña lámpara de kerosene que estaba sobre la mesa, la tiraron para iniciar el devastador incendio.  El rostro de pánico de su padre y su abuela, aún permanece en su memoria; desde entonces no los ha vuelto a ver.
       Dos años han pasado rasgando la inocencia de su vida, de callado martirio, de violencia y terror, de sollozos ahogados, de ilusiones marchitas y de noches febriles entre rastrojos húmedos que albergaron cadáveres sin nombre, alimañas, serpientes y borrachos lascivos, de violencia y de sexo.
       Dos años anhelando que el tiempo se hubiera detenido un día antes de su cumpleaños, cuando su padre recogía los frutos y la abuela cuidaba su precioso jardín, mientras el exquisito aroma de los naranjales coronados de flores, jugaba en su cabello y en las rígidas trenzas de Mariana, adornadas con cintas de colores.
       Dos años anhelando ir al colegio, al cine y a la plaza; noches enteras recordando su cálida familia y la comida recién preparada con sabor a laurel, cilantro y leña.  Dos años dibujando entre sus sueños la silueta delgada de la abuela, en el umbral lejano de su infancia, cuando tomada de la mano de Mariana, se perdían entre risas y juegos infantiles, en el sendero de los platanales.
       Entre el ligero y apreciado cúmulo de imágenes borrosas que esperaban ansiosas,  les concediera un pensamiento breve, vio la figura gentil y coqueta de

 su amigo Manuel y el gesto sin igual y algo nervioso retirando el mechón de su cabello que rebelde insistía en caer a su frente.  Pensó en ese momento que estaba acariciando sus mejillas pecosas y hasta creyó perderse ilusionada en la mirada verde de sus ojos.  Una vez mas, quiso sentir el roce de sus labios, volviendo a revivir el mágico momento que fue ese primer beso… y luego la incontrolable risa de Mariana espiando oculta, tras el inmenso tronco de un árbol marañón.
Siempre creyeron ser el uno para el otro.  Manuel tenía sus metas muy bien definidas y su anhelo trazado a largo plazo era el de convertirse en Arquitecto.  Se conocían de toda la vida, desde pequeños solían compartir la misma bicicleta, los libros de la escuela y el anhelo común de que pronto llegara el día sábado en la tarde para irse de pesca.
       ¿Qué será de papá? Siempre se preguntaba, recordaba sus manos campesinas tan ásperas y fuertes como si después de tantos años en contacto directo con la tierra, ella agradecida, se propusiera recompensarle con parte de su gran vitalidad.  Y recordó la frase con que el las consentía a Mariana y a ella, papá solía llamarlas: “Mis Bellas Flores Blancas”.
      Sobre el vetusto catre, Daniela sintió su frágil cuerpo flotando entre las nubes y llegó hasta su oído el ronronear mimado y hechicero de su gatita parda.  Luego una luz sublime acarició su frente y la canción de cuna que su madre cantaba, invadió las montañas quedándose su eco en los nidos pequeños solitarios y posando sus notas en el pálido vientre nacarado, como si pretendiera arrullar en su seno cristalino marchito, al pequeño capullo  que se extingue, sin llegar a nacer.
                           Después de algunos días a unas pocas cuadras de allí,  llegó un  destacamento que custodia fielmente toda aquella región.  Son jóvenes soldados que ingresaron al ejército hace muy poco tiempo y entre ellos se ha difundido un rumor misterioso: “Hablan de un tal espanto con ropa camuflada.  Dicen que es una joven de mirada sombría, de silueta espigada y hermosa cabellera castaña que casi llega hasta su cintura”.  Algunos ya la han visto y todos en las noches, a pesar de ser hombres muy valientes, oyen ruidos extraños y lamentos ahogados que los hace temblar.  Es tan cierta esta historia, que cuando esto sucede los búhos también se asustan y a toda prisa, emprenden el vuelo.
Muy cerca de este sitio, camino a la cañada se escucha  un arroyo pequeño y a unos cuantos pasos, subiendo la pendiente, hay una región callada y enigmática, donde una gata parda solitaria se pasea y por las noches ronronea con mucha tristeza, como si dialogara con la luna y le contara que bajo el techo de la vieja casita que desde allí se ve,   yace sin vida su apreciada amiga,  como una flor sin alma.
       Aún permanece tirada en el rincón la mochila olvidada y el álbum con las fotos familiares.  El almanaque amarillento mudo, descansa suspendido en la pared; impávido ha marcado la fecha exacta de ésta historia, la historia de Daniela, la mujer niña que descansa inerte sobre el vetusto catre abandonado y al mirarla  parece sonreír.
      Austeros  han  pasado  los meses y los años, los absorbió la tierra cubriéndolos con lluvias y veranos que transformaron su pesada marcha, dando a luz bellos árboles con frutos suculentos de preciosos colores y sabor exquisito.  Los pajarillos cantan, hay nuevas mariposas, exóticas iguanas y ardillas con la cola espelucada, pasean tranquilamente por allí.
       Desde hace muchos meses, Simón el labrador y la abuela Isabel, han visto con asombro que entre risas y cantos, dos niñas se pasean tomadas de la mano por el sendero de los platanales, las dos parecen ir rumbo a la escuela.  A veces correteando, la más pequeña arroja sobre el lecho del río, las cintas de colores que sostienen sus trenzas y su cabello alborotado al viento, se enreda entre las hojas y ramas de los árboles, cuando observa los nidos pequeñitos y pretende coger mangos maduros.  La otra muy feliz, corriendo junto a ella, parece divertirse, en el fallido intento de alcanzarla.
       En la morada aquella, perdida y solitaria, donde duerme Daniela para no despertar, el muladar cercano se vistió de alegría y primavera.  Dicen que han escuchado a dos niñas cantar y la sonrisa tierna de un pequeño bebé, se esparce con la brisa y traviesa se esconde entre las grietas de la pared raída de la casita vieja.
Justo desde ese día que marca el almanaque que se haya suspendido en la pared, despertaron tres flores primorosas, fragantes y divinas, blancas como la nieve y las perlas de nácar que parecen sonrisas brotando de una herida muy profunda en el fondo del  mar.
“Coincidencia casual” ¿Quién lo diría?
cccccccccccccccccccccc 
                          “¡Tres Flores Blancas en el Muladar!”

                                                  Marta Lilian Molano L



viernes, 8 de noviembre de 2013

Nuestra Historia




Tu eres el centro de mis anhelos, la canción matutina que despierta mi oído, el sol que acaricia mi piel mientras se desliza en el paisaje de mis sueños.                                                                                                                   
Que corta es la distancia entre mi anhelo y la realidad, cuando la observo desde la perspectiva de mi pensamiento. La vida es una aventura demasiado bella pero breve, y yo un ápice de luz queriendo absorber la plenitud del arco iris; así me siento cuando pienso en el… y es que ambos él y yo, parecemos dos gotitas de agua que quieren encontrarse para fundirse entre la espuma del inmenso océano. Quiero volar sobre las alas del águila, más allá de la frontera y conquistar un bello sueño que nació en mi corazón y se hizo visible en otro continente.   (El me dedica versos, y yo le escribo a él).

Para Una Inca Hermosa
Son bonitos tus cabellos
Y yo voy me perder muchos días en eles
Yo me perderé, pero todos los días de mi perdición
Serán los mejores días en que me encontrare perdido
Perdido y maravillado con la belesa de la visión que de la tuya cabeza alcanzo
Perdido por poder desfrutar el dulce paisaje de tus hombros y de tus senos
Perdido por ver la tu piel sedosa y bella de tu cuerpo curvilíneo
Como dunas de lo desierto, sereno y bello
Como se fueran un mar de placeres
Un mar que yo pretendo cruzar y por fin aportar en ti.
Vítor M.G.


Oh, Quien Pudiera
Si traspasar pudiera la frontera
como el águila airosa en pleno vuelo,
si lograra beber el horizonte
haciendo mio el majestuoso cielo...
Si fuera blanca espuma entre las olas,
con canto entretejido de sirena,
yo llegaría feliz hasta tu playa
a disfrutar el fuego de tus besos
sobre el ropaje inmenso de tu arena.
Marta Lilian Molano L
(Enero 25 de 2009)