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viernes, 13 de abril de 2012

Eva y el Genio de la Luz

Fragmento del libro
-Eva, Eva: Vamos mi pequeña mariposa, tu puedes lograrlo, solo debes resistir un poco mas, ya verás que muy pronto estaremos de regreso en casa. Escucha la niña la voz dulce y desesperada de su madre. La confusión continúa, después de aquella desgarradora experiencia, la tragedia del tsunami, que en el año 2004 conmovió al mundo entero, llenando de luto la provincia Indonesia de Aceh. En la región, muchos dicen haber visto fantasmas deambulantes y a la gente ir de aquí para allá, llorando angustiada, mientras buscan a sus familiares en medio de los escombros. Algunos recuerdan a una joven mujer que iba en busca de una niña a quien llamaba mariposa.
Eva estaba de paseo con sus padres cuando sucedió el maremoto. Una idea clara de todo aquel acontecimiento le invade la mente, tiñendo de nostalgia sus recuerdos. La pequeña de ocho años, parece estar flotando en una nube, mientras la insistente voz de mamá, sigue diciéndole: -Vamos mi pequeña mariposa, tu puedes lograrlo, pronto estaremos en casa. Pero Eva ve todo diferente, hasta siente que puede volar. De repente llegó a una gran plaza de Sri Lanka donde cientos de personas están reunidas, vestidas con blancos atuendos, en un silencio absoluto. ¡Todas parecen tan tristes! Y en medio de aquel tumulto, Eva se desplaza como si realmente fuera una mariposa invisible, que empieza a descubrir un jardín nuevo en el horizonte azul. Ella no creyó llegar a casa en un lapso de tiempo tan corto; su madre tenía razón al decir que pronto estarían de regreso.
-No es necesario entrar por la puerta, ésta vez subiré por el manzano y desde allí ingresaré por la ventana hasta mi cuarto, es mas emocionante hacerlo de ésta forma -piensa al tiempo que escucha a lo lejos, la voz de su madre diciéndole: -Vamos pequeña mariposa, tu puedes lograrlo. Aunque la ventana está cerrada, éste detalle carece de importancia; para Eva no hay fronteras. Mientras sonríe absorta en sus propios pensamientos, curiosamente se acerca al pequeño pajarillo que espera muy acomodado en su nido, el suculento gusano que mamá gorriona le traerá en cualquier momento.
Los juguetes esperan ordenados sobre la repisa. Cada uno de ellos tiene su propia historia. La jirafa amarilla con manchas de color marrón, era su leal compañera a la hora de dormir; cuando sentía temor en las noches de lluvia la abrazaba muy fuerte y algunas veces, le pareció que paseaba aferrada a su cuello esbelto, internándose con ellaen una jungla espesa, bajo la atenta mirada de gorilas,caimanes, panteras y exóticas aves de colorido plumaje.
¿Dónde están todos?- Se pregunta - y como si leyera la mente de la pequeña, sale a encontrarla Minino, el gatito blanco que le dio papá hace apenas algunos días, cuando cumplió sus ocho años. Minino es tierno, tiene la cararedonda y suele deslizar su lomo una y otra vez,acariciando las piernas de la niña, pidiéndole en su expresivo lenguaje corporal, que juegue con el. Esta vez al hacerlo, sucedió algo extraño: Al recostarse el gatito en las piernas de Eva, cayó de un solo golpe y muy asustado se levantó de prisa encorvando su cuerpo y erizándose todo,luego salió corriendo como alma que lleva el viento, para esconderse debajo del sofá y desde allí mientras lame su manita para luego pasarla por la cara, te está mirando a ti. También asombrado observa a Eva su traviesa amiga, quien parece tener un cuerpo transparente.
Eva es una niña que procede de un país cuyo nombre no mencionaré, podría haber nacido en cualquier rinconcito del planeta tierra, Eva podría ser tu ¿ O quizás tu ser ella? ¿Qué importancia tiene este detalle? Los niños son igual en todas partes, aunque su fisonomía y el color de su piel sea diferente de acuerdo a su origen, ellos abarcan la belleza de todo el universo en la inocencia que les caracteriza; ciertamente ésta es su mayor virtud, la que provee la magia para hacer que sus sueños sean posibles. Son ellos quienes inspiran a las madres a decir apelativos, como por ejemplo el de pequeña mariposa, que acostumbra la madre de Eva, para llamarla.
Minino se distrae jugando con su cola, ya empieza a acostumbrarse a la figura transparente de la niña que corre por la casa. También se ha dado cuenta que lo estás observando y aunque finge contigo indiferencia, el vio que sonreías cuando cayó tratando de sobar su lomo en las piernas de Eva y huyó despavorido.
La niña a quien su madre llama “Pequeña Mariposa” abre la puerta del cuarto de estudio, mira uno a uno sus cuadernosy recuerda que tiene muchas labores para realizar.
Animada se sienta frente al computador, mientras la hipnótica mirada de Minino, a quien también tu adviertes, sigue sus movimientos. -¿Dónde estará mamá? –¡Mamá...mamá!...llama con insistencia, pero nadie responde.
- Veamos que tenemos pendiente por hacer... Buscar palabras nuevas en el diccionario, formar algunas frases... su mirada se fija en el pequeño signo de interrogación que está frente a sus ojos, en el lado central de la pantalla y al hacer clic en el menudo signo aparece un amable personaje de talla diminuta, cabello blanco despeinado y poblado bigote. El grácil muñequito cierra y abre sus ojos, y como por arte de magia saca de algún lugar, un pequeño violín y empieza a entonar con admirable destreza una hermosa melodía. Las notas musicales impregnadas de gran sensibilidad, saturan el ambiente. Una vez concluido su magistral concierto, el pequeño genio hace una venia y se queda mirando fijamente a Eva, quien aún no se recupera de tan agradable sorpresa.

Marta Lilián Molano L (Fragmento del libro)

jueves, 5 de abril de 2012

El Llanto del Limonero

"En homenaje a los niños que mueren cada día por causa de los violentos"
Un rosario cristalino de gotitas de lluvia, se desgaja sobre las hojas de los árboles. Empieza a anochecer y a lo lejos, se escuchan detonaciones que hacen estremecer a Yalú,  el pequeño niño indígena de tan solo cinco años, oriundo de una tribu cercana.
En su comarca, siempre había reinado la paz. Entre las tareas cotidianas, los hombres se  dedican a las labores agrícolas y las mujeres, tejen canastos de yute.  Con frecuencia, los pequeños acompañan a sus padres a navegar sobre largas piraguas, mientras ellos les enseñan a pescar  y en la noche, bajo la prodigiosa luz de la luna, al calor de una fogata, todos suelen reunirse para escuchar a los sabios abuelos de la tribu, contar historias fascinantes de sus antepasados.
Hoy la calma que reinaba entre su gente, se desgarró de dolor ante la cruel presencia de los hombres violentos que irrumpieron en su tierra.  ¡Ahora ya todo terminó!
El regazo dulce del hogar se manchó de sangre y luto que a su paso, ha dejado la tonada triste del “Yaraví”, cuyo eco galopa al vaivén de su aterrado corazón.
Yalú, no logra contener su pánico , ni el temblor de sus manos heridas, que son acariciadas por las gotas de  lluvia, como si todo el cielo se deshiciera en lágrimas, para borrar de sus mejillas tiernas  doradas por el sol, el llanto incontrolable del pequeño.
El precioso tesoro de la paz, que iluminaba la comarca, quedó ultrajado bajo las botas de la infame prepotencia, como un gorrión sin nido y sin aliento, con las entrañas trémulas de frío, esparcidas al viento.
Yalú, recuerda las mañanas cuando corría sobre bellas montañas, enmarcadas entre los colores del arco iris.  Hoy su recuerdo, forma parte del mágico ayer, que quiere abrirse paso entre la bruma de su desconsuelo, y su inocente infancia huye despavorida, entre febriles rictus, buscando de su abuelo la perdida sonrisa desdentada, que se quedó dormida en las columnas de humo que visualiza lejos, como si fueran seres infernales, dementes, que malévolos rugen entre escombros, arrasando a su paso, los cultivos en cierne de maíz, que han sido siempre su fuente principal  para el sustento.
Allí acurrucado inerte, recostado a un árbol limonero, bajo el abrigo de hojas y flores pequeñitas de azahar, Yalú duerme envuelto en la cortina de la noche, bajo la absorta mirada de pequeños luceros que iluminan su frente, con suspiros helados como espinas punzantes, que sus gélidas sienes han teñido con gotitas de sangre, y al beso cristalino que se fugó temblando entre la lágrima de un ángel, las gotitas quedaron trasformadas en chispas de rubí, sobre la frente del niño solitario de tan solo cinco años, que se quedó dormido para siempre, a quien el sol un día  pintara sus mejillas y con dulce primor los pies descalzos, que plasmaron sus huellas inocentes en las entrañas húmedas del fango.

¡Yalú, Yalú!  Acarician tu frente, pequeñas flores blancas de azahar; unas tras otras se desprenden llorando de las ramas heladas... a prisa se deslizan sobre las hojas frías, temblorosas y tristes, de quien tratara en vano socorrerte y te brindó el refugio de sus ramas caídas  ¡Aquel vetusto árbol limonero que hoy desconsolado llora tu partida!

“¡Yalú, Yalú!  El árbol limonero te recuerda en su follaje verde jugueteando, absorbiendo el aroma de las pequeñas flores de azahar, que hoy te coronan tristes sollozando.  El limonero añora tu angelical sonrisa, al descubrir ocultos en sus ramas, nidos plateados y tiernos pajarillos asustados, que fugaces al verte, emprendieron el vuelo y exhibiendo sus plumas de colores  surcaron el azul bello del cielo, para plasmarle una sonrisa hermosa, al astro sol y a todos los luceros”.
Hoy, en la madrugada un pajarillo indígena, de collarcito blanco a quien llaman jilguero, posó sus gráciles patitas en tu frente y ha manchado el plumaje de su cara, con gotitas de sangre que brillan como chispas de  rubí.  En vano el emplumado de canto primoroso, intentó despertarte y ha decidido hacer su morada de paja, entre el follaje trémulo del limonero, para brindarle al árbol su consuelo, por haber hoy perdido a un buen amigo  y su blanca sonrisa de azahares.
Un río caudaloso de cristalinas aguas, te da la bienvenida cuando te ve pasar, en tu hermosa piragua reluciente de hojas temblorosas, que el sol forjó con filigrana  de oro y decoró con flores perfumadas que llorando cayeron del triste limonar.
Yalú: Tu lastimero llanto se ha convertido en risa, al escuchar el canto del jilguero.  La  lúgubre tonada que encierra el “Yaraví”, ahora forma parte de otro mundo. En tu rostro aparece una sonrisa, al contemplar a una Paloma Blanca, con ojos titilantes de lucero.
-Ya no temas Yalú,  pequeño niño de los pies descalzos – Le ha dicho con ternura  la Paloma volando a acurrucarse en su regazo - También a mi me hirieron; puedes mirar debajo de mis plumas justo en el corazón, incontables chispitas de rubí.  Mis alas blancas ofrecí dichosa como sublime emblema de la Paz, para surcar resplandeciente el cielo, impregnando de amor  toda la tierra y el corazón sediento de la humanidad. ¡Pero ya ves pequeño también a mí me hirieron! Tu puedes comprenderme a pesar de tu edad.
Así le dijo la Paloma Blanca, al pequeño niño indio cuyo nombre es Yalú, el de sonrisa dulce impregnada de nácar e inocencia y mejillas doradas de canela, el de los pies descalzos, que tiene una corona de azahares y en sus cándidas sienes, gotas de sangre que al mirarlas  brillan como si fueran chispas de rubí.
La brisa cantarina como niña traviesa juguetea en tu cabello,  a la orilla del río mil bellas azucenas te dan la bienvenida, mientras cantan felices en la lengua  aimará, como si fueran náyades ingenuas, hermosas ninfas blancas que despiertan y sentaditas todas, sumergen en el río con gracia y muy sonrientes, las níveas plantitas de sus pies.
Yalú feliz observa aquel bello horizonte que atento le recibe, con el mágico trino de gorriones y alegres ruiseñores que juegan con las ninfas, vestidas de azucenas y la Blanca Paloma, que acaba de encontrar su dulce nido y acurrucada se quedó dormida en el regazo cálido del niño.
Arrullados los dos apacibles, serenos, navegan en las aguas cristalinas sobre el grato vaivén de la piragua y el aroma exquisito de azahares.
La embarcación dorada se desplaza con el aliento de la amable brisa y suavemente encalla en la  rivera.  Centellean mil fulgores nacarados sobre el lecho del río, es la  Paloma Blanca acurrucada en el hombro del niño, que escondió su cabeza entre las alas, muy cerca de sus cándidas mejillas.
 -Yalú, ¡Te doy la bienvenida a mis dominios!  Ha dicho Negus, el Pastor sonriente que entre sus brazos lleva a una ovejita. El niño ha descubierto que en las rústicas manos del Pastor, también brillan chispitas de rubí que han quedado incrustadas en sus palmas.
A lo lejos se escucha  el balar insistente de un rebaño que llama a su Pastor.
Negus refleja paz y en su rostro se advierte, como si aquel paisaje inmaculado, palpitara en su alma y su divinidad  parece reflejarse desde dentro y reposar sobre sus  bellos ojos, de mirada serena que todo lo ilumina.
Caminaron sin prisa. Incontables destellos emergen silenciosos, de las alas blanquísimas del símbolo supremo de la Paz y con gracia se posan  sobre el follaje espeso de los árboles y en la ovejita que feliz retoza, contestando el balido del cercano rebaño.  Negus y Yalú. Descansaron bajo la sombra de un roble frondoso.
                -Me dormí asustado, recostado al abrigo de un árbol limonero, que lloró muchas flores de azahares  mientas mi pueblo triste, cantaba el “Yaraví” dijo el pequeño Yalú.
Y yo -Dijo el Pastor- oí tu llanto, cuando me disponía a ir en busca de mi oveja perdida.  Al llegar junto a ti, un jilguero trató con su armonioso canto despertarte, entonces decidí traerte de regreso a mis dominios en la piragua mágica del sol.
Una Gacela esbelta de hermosos ojos negros veloz llegó hasta ellos.
-He recorrido sitios muy lejanos - Ha dicho la Gacela- Me desplazo en el mundo de los sueños que viven muchos hombres que encierran sus temores, entre palabras ásperas e hirientes, que acaban con las vidas inocentes, sin pensar que al hacerlo, de verdugos también pueden ser víctimas.  Yo recorro parajes muy hermosos donde existe la Paz.  Disfruto plenamente y vivo cada instante con mucha intensidad, como si la vida se alegrara en plasmar su belleza, aún en los segundos que transcurren. - Estas palabras dijo la Gacela mientras con gracia olfateaba el aire. ¡Maravilloso es apropiarse de todo el universo, yo puedo contemplarlo a través de los ojos sublimes de Negus, mi Pastor!.
 -¿Qué tiene Negus que no tenga otro pastor cualquiera? – Le preguntó Yalú curioso a la Gacela. Tampoco has dicho cual es tu nombre. Yo soy Yalú y tengo que decir, que no todos los días se puede conocer a una Gacela, inteligente y bella como tu.
-Mi nombre es Centella- Respondió la Gacela.  Espero que a partir de este momento, seamos muy buenos amigos.  Negus es el Pastor de todos los pastores.  Su blanquísima túnica simboliza nobleza y el manto rojo que en su hombro adviertes, es emblema del mas perfecto amor.
 -¿Y tu Gacela? Dime: ¿Tu quien eres?- Le preguntó Yalú, mirándole a los ojos con gesto interrogante.
 -Mi nombre te repito es Centella y me fugué de un sueño inmaculado. Respondió la Gacela. Hace ya muchos años me poseía una mujer piadosa, aunque ella no lo supo porque nunca me vio.- Y la Gacela continuó diciendo:
Negus el fiel  Pastor, plantó un hermoso huerto en el alma de aquella gran mujer.  El era el sol que le brindó su luz todos los días y la mujer piadosa lo regaba aún sin darse cuenta, con el torrente hermoso de su fe.
 Una noche la mujer tuvo un sueño que jamás olvidó.  Estaba contemplando un fértil huerto, aunque ella ignoraba que el huerto existía en su alma. Extasiada recorrió con la vista aquel hermoso campo, la brisa acariciaba su rostro. Dirigió la mirada hacia lejanas montañas y mientras observaba  el  paisaje apareció ante ella un gigante muy bello esplendoroso, que opaca en su cenit  al mismo sol.  El gigante lentamente caminaba hacia ella; su cabello castaño llegaba hasta los hombros y al vaivén de la brisa descansaba sobre su manto púrpura.  La túnica muy blanca...tan blanquísima era que podría encandilar a todas las estrellas. Su estatura realmente impresionante pues las altas montañas, apenas conseguían detenerse bajo el coloso ruedo de su túnica blanca.  La diferencia entre El y la mujer era tan grande, que fácilmente puede compararse con la ínfima hormiga, que contempla asombrada  la gran magnificencia de la Torre Eiffel.
               -¡Negus, Negus! -Gritaba la mujer con todas sus fuerzas, saltando como salta una gacela, mientras lloraba de felicidad y su alma alcanzaba, mirando fijamente a los ojos del Pastor, la plenitud de todo el universo.  Y es que la mujer siempre creyó en  El,  aunque en su vida nunca lo había visto.
Así es la Fe genuina - Decía la Gacela - “Ella es quien en su seno concibe a la esperanza”.
Al día siguiente, la mujer piadosa  contaba a su pequeño de tan solo siete años, el sueño que la noche anterior había tenido con el gigante Negus.

               -Prométeme Jacobo, que nunca olvidarás lo que hoy te he compartido.  Nunca olvides que Negus es el Pastor de todos los pastores y también planta huertos de amor y de esperanza, en el alma de aquellos que quieran transformarla.
 Pero Jacobo, dejó hace muchos años de ser niño y en su campo donde pudiera haber un huerto fértil, hoy tan solo hay abrojos poblados de alimañas, que envenenan su vida cada día y carcomen la esencia de su alma.
Esta es la fiel historia que ha contado Centella, la Gacela con voz pausada y triste a Yalú, el pequeño niño indio que atento la escuchaba.
¡Pero siempre hay semillas en el campo!  - Ha dicho Negus el gentil Pastor.  Unas pueden dormir ocultas entre abrojos, hasta que llegue la hora propicia para que lentamente se despierten, también Jacobo al igual que su madre, ha de tener muy pronto su propio huerto fértil.
El ocaso ha posado sus labios silenciosos sobre la sudorosa frente de Jacobo que se quedó dormido, bajo un frondoso árbol limonero, esperando el momento para emprender su lucha vil, sangrienta, contra aquella comarca. Sus botas están llenas de fango endurecido y a su lado reposa una metralla.
Una mano pequeña ha tocado en su hombro...señor, señor...Aquella voz angelical, sonora, le despierta. - ¿Quisiera usted  señor bajarme de esa rama  mi cometa?

Jacobo se incorpora lentamente y al ver ante sus ojos, aquel niño descalzo con mejillas doradas de canela, le parece imposible estar despierto...!El es Yalú, el mismo niño indio  que viera agonizando entre su sueño!.
Con sigilo el abuelo se aproxima y en las alas ingenuas de la brisa, desde su boca agreste  desdentada, se fugó dulcemente una sonrisa.
Oculto en el frondoso limonero, un jilguero entonó su melodía y el imponente ocaso, dibujó  una corona de esperanza, al contemplar a la Paloma Blanca, que en su plumaje guarda chispitas de rubí,  surcando el cielo en soberano vuelo hacia el azul supremo del cenit.

 Marta Lilián Molano L
Fragmento del libro El Otoño en los Ojos de un Niño